3. ÁNGEL DÍAZ

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CUANDO EL SILENCIO PISABA LA CASA
sentía que algo vigilaba a mamá
y me dormía a su lado
por si algún monstruo arrebataba su calma.
Me quedaba gran parte de la noche a velar su sueño verde
El rechinido de la puerta es la antesala de mi película de terror.
Yo no sé si mi padre al verme ahí dormido se sintió suplantado,
pero, desde mi dolor, sus gritos me undían
mi infancia perdía sus zapatos y comenzaba a caminar descalza
se rompía otro globo de mi niñez.
Ya no volvió a despertar mamá de su sueño verde.
Yo solo quería pedirle a mi padre que no se vaya
aunque algo de mí muriera poco a poco,
pero al fin
 

 
SI MI PERRO NO FUERA UN PERRO
seguramente sería un caballo de carreras,
lo sé
por su postura cada que tocan la puerta
pero por su carácter noble y mirada agachada
se dejaría vencer en todas las carreras
para que los demás caballos ganen.
También podría ser un gran cantante
porque al ladrar tiene registro de barítono
que hace contrapunto
cada que pongo un disco de Mahler.
O sería un buen psicólogo
porque se queda escuchando muy atento
cuando rompo y limpio el llanto
que cae al suelo
en mis noches con insomnio.
Por las mañanas me despierta
para sacar a pasear mis desveladas tristezas
siendo mi entrenador personal de cardio,
mi cómplice en esta rutina inacabada.
Si mi perro no fuera un perro
seguramente no patearía a nadie,
llegaría temprano a casa para compartir la mesa
y antes de dormir escribiría un poema
que hable del porqué su humano
no es un perro como él.
 

 
QUÉ DURA ES LA NOCHE mientras las cosas duermen,
aquello que se fuma es como una señal,
el silencio de un cuarto es nuestra respiración
y mis palabras anochecen.
Pero qué otra noche se puede apagar
con estas puertas cerradas que guardan tantas batallas
si hay silencio de años
donde puedo escuchar el corazón de los muertos.
Imposible entender
que muchas de esas sombras van reptando
como pedazos de uno
y reaparecen
cuando los sueños mueren dentro de sus jaulas.
También el miedo se convirtió
en una orilla a la que seguí aferrado
como estas palabras que no alcanzan a ser despedidas,
como a ciertas personas con solo nombrarlas.
No sabía que la noche se podía alargar,
extenderla como una sábana y perderse en su negritud,
que se podía acomodar en mis manos como guantes a mi medida.
¿Quién se atreve a tocar ahora esta rota noche?
¿En dónde dejar la poca luz que me ciega
si quiero pasar desapercibido dentro de la casa
y no sé quitarme los zapatos
para no despertar a nadie?
Entonces,
¿para qué vivir en esa noche?
Si siempre duele
y duele desde abajo de lo hondo,
desde lo callado y pausado
de algún rincón sin sacudir
y uno se cansa de ser oscuridad,
de ser meses en espera
para tratar de romper este silencio en el que estoy sentado.
Hace falta valor
para aprender a caminar bajo esos zapatos de sombras,
para aceptar a la noche como la mejor parte del día,
donde una puerta abierta ya no es una respuesta
y no parecer el cuerpo enfermo de un caballo.
Noche para los días solitarios.
Noche que crea cuartos que no existen,
donde me veo adentro
pero sigo estando afuera.
Noche que llena la soledad del mundo,
para tapizar libretas con excusas.
Noche
donde he perdido mi nombre y mi vida en defensa propia,
atrancando puertas
que se cierran muy dentro de mí. 
 

 
Ángel Díaz nació en la Ciudad de México en 1983. Es Maestro en Educación por parte de la Universidad Fray Luca Pacioli y Licenciado en Administración de Empresas y pasante de la Licenciatura en Letras Hispánicas por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Ha publicado su obra en variadas antologías poéticas.
 

 
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